Vida saludable, “envejecimiento saludable”, palabras que hacen referencia a un estilo de vida, que engloban una serie de buenos hábitos y que alejan del aislamiento, de la negligencia y de la dependencia. Su objetivo: vivir con autonomía, salubridad y, si es posible, durante muchos años.
Hay quienes envejecen de este modo, relacionándose activamente con su entorno y con la sociedad en la que cohabitan. Otros, por el contrario, ya sea por cómo llevan su día a día, por su genética, por no sentirse solos, por enfermedad/es o por alguna desgracia que les sucediera, pasan a formar parte de aquellos que se sienten limitados y dependientes de otras personas para hacer ciertas cosas. En este caso, las familias, los servicios sociales y el propio individuo comienzan a buscar soluciones sobre cuál sería el mejor lugar para vivir.
En muchas ocasiones, cuando a la avanzada edad se le suma la dependencia, la opción más elegida es un lugar en una residencia para adultos mayores. Una vez que surge esta alternativa, comienza un proceso de adaptación y reinvención tanto de la familia como del nuevo residente.
Al igual que la esperanza de vida ha ido aumentando, el número de los llamados antiguamente “geriátricos” (residencias geriátricas) también ha crecido, y con ello la posibilidad de acoger a más ciudadanos. Personas que llegarán con un perfil muy heterogéneo, no solo por sus experiencias vivenciales sino por sus limitaciones físicas, sensoriales y/o cognitivas. Ello obliga a este tipo de instituciones (residencias geriátricas) a tener un equipo multidisciplinar que pueda atender con un estándar de calidad, porque… ¿cómo nos gustaría que nos atendieran a nosotros?
Actualmente, el cuadro del personal profesional de terapia que encontramos en estos centros de atención al adulto mayor (solicitadas desde la secretaría de salud y bienestar social) es variado y las exigencias básicas dependen en gran medida de la región en la que nos encontremos, pasando de unos requisitos mínimos (enfermería y terapeuta ocupacional) a los que lindan con la excelencia en atención al sujeto (servicio médico en caso de más de 45 usuarios, enfermería, psicología-neuropsicología, terapia ocupacional, logopedia y fisioterapia).
Entre ellos, el profesional de última inclusión dentro del equipo ha sido el logopeda o neurologopeda. Ellos han sido formados y se encargan de PREVENIR y DETECTAR la presbifonía, tan común en la edad adulta mayor, de tener activa la musculatura de los órganos que intervienen tanto en el habla como en la deglución y de prevenir los problemas del lenguaje derivados del envejecimiento de nuestro cerebro. Pero, por otro lado, se encargan de EVALUAR y TRATAR a aquellas personas que por su problemática puntual o neurodegenerativa presentan disfagia, alteraciones de su voz, un trastorno del habla como la disartria o apraxia del habla, un trastorno del lenguaje oral (afasia) y/o del lenguaje escrito y de crear herramientas y estrategias para que una persona pueda comunicarse tras un daño neurológico (tras un accidente cerebrovascular, traumatismo, tumor, etc.).
Hoy en día, el broche de oro en la calidad asistencial lo pone el detalle, y cada vez son más las residencias que apuestan por este perfil de terapeuta. La formación en Logopedia Clínica o Neurologopedia (como el Máster en Logopedia Clínica de ISEP) tiene nuevas salidas laborales como consecuencia del envejecimiento de la población, oportunidades laborales menos conocidas, pero en auge.